Mientras escribía el anterior post escuché maullar al gatito que tengo adoptado. Se llama وطن, exactamente igual que el que tiene Miriam en Mauritania. Al principio no quería ponerle nombre para no encariñarme con él, llamándole gatufo y cosas así no lo sentía como mío.
Creo que es mejor que empiece por el principio. Me compré una esterilla redonda de esparto, nuevecita, que rascaba y el primer día, ¡chof! ahí estaba el gato dormido en ella. Lo eché y volvió, lo volví a echar y volvió de nuevo... y así un día tras otro. Y me dió penita. Como de vez en cuando maullaba, yo le sacaba agua, miguitas de pan y esas cosas que sabemos que comen los gatos. Y a pesar de que casi le estaba cogiendo cariño, seguía sin ponerle nombre. De hecho, los días que no estaba en la esterilla me preocupaba un poco, dónde estaría, si alguien le daría agua, si pasaría frío...
Y me fui a Mauritania. Allí conocí al gato de Miriam y me pareció tan mono... y me acordé tanto del "mío" que decidí incluso comprarle piensito cuando volviera.
Cuando volví a casa a las 5.30 de la mañana con mi maleta, reventada y tras haber pasado el toque de queda en el aeropuerto, encontré al gato dormido en la esterilla!!! Tan lindo!! Le saqué agua y -por primera vez- leche y decidí que tenía que ponerle un nombre.
Como no se me ocurría nada empecé a decirle "hobbi", "mi amor", "bonito" pero el gato ni caso. Y le dije وطن (watan "patria") y me miró. Así que... nombre adjudicado. Gran error. Desde ese momento me he encariñado con él, le saco sobras de comida, leche, agua, lo acaricio, juego con él antes de dormir... y me pongo triste si desaparece.
Eso pasó hace tres días. Salí a cambiarle el agua y vi que no había bebido, salí un poco más tarde y no estaba en la esterilla. Ayer igual. Pensé que como no le había puesto comida, igual no quería subir para beber solamente agua así que me hice una ensalada con sardinitas y le puse unas miguitas en un platito. Y tampoco subió. Y me puse un poco triste. La verdad es que he pensado que lo habrían atropellado o algo, porque en esta zona atropellan a muchos gatos. Ya tenía hecha la idea de que no lo iba a ver más hasta que empecé a escribir el post anterior y comenzó a maullar en la puerta.
¡No sabéis que alegría! Me levanté del sofá de un salto y fui a la puerta. Allí estaba ella (es gata sí) mirándome con esos ojazos que tiene y yo derritiéndome. Me tiré al suelo y empecé a jugar con ella, a acariciarle la barriguita, a hacerle mimitos... hasta que se cansó de mí y se tiró en la esterilla. Entonces le saqué atún que me había sobrado de la ensalada y empezó a devorarlo. ¡Tan graciosa! Cuando terminó, empezó a lamerse todo el cuerpo y después se quedó dormidita...
Y aquí estoy yo, que se me cae la baba con ella. ¡¿Quién me lo iba a decir a mí?!
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